sábado, 25 de junio de 2016

NO EXISTE FAMILIA PERFECTA

Ser adulto significa, precisamente, ser responsable. Sólo nosotros podemos y debemos  cuidar de nosotros mismos. Sabemos que la huella de nuestros padres nos marcará hasta el último suspiro, pero justificar todos nuestros problemas en "aquello que hicieron con nosotros" nos condena a no superarlos nunca.
Muchos creemos que desafiar y saltarnos normas y costumbres, o imaginar una existencia separada, con decisiones autónomas, conllevará sanciones por desviarnos de lo socialmente establecido o de  aquello que nuestros padres planearon para nosotros.
Pero vale la pena hacer un corte y  decir basta. Crecer  y madurar es hacernos cargo de lo que  hacemos con lo que somos, sentimos y tenemos actuando en consecuencia, buscando un cambio hacia la superación y la mejora personal. 
Al exigir, culpar o pedir explicaciones a nuestros padres lo que nunca pudieron darnos no nos estamos comportando como adultos sanos. 
Crecer es asumir que deseo y realidad muchas veces no van en consonancia. Y es entonces, cuando  hay que inventar o buscar, con flexibilidad psíquica y emocional, maneras de ser más felices cada día. 


Crecer también es perdonar, soltar, dejar ir, y hacerlo aún con sentido estratégico o egoista  pensando en nuestro propio bienestar. A eso, le podemos sumar el plus de recompensa que supone hacer algo por los demás, ser compasivo y dar amor a los demás.
Dejar de esperar algunas cosas es sano. Aceptar las cosas como son no es resignarse a lo malo, o a lo que no creemos suficientemente bueno. Es ver qué hacemos con lo que hay. Asumir que ninguna relación es perfecta y que todos, incluso nosotros/as, cometemos errores, algo que nos permite evolucionar en nuestros vínculos, mejorarlos y  gestionar mejor nuestras  relaciones interpersonales.
Soltar, de una vez, la esperanza de relaciones sin problemas ni frustraciones es el primer paso para abandonar el mundo infantil, aceptando que los vínculos -aún los más estrechos e incondicionales- suponen siempre una cuota de estrés. Crecer es reconocer los límites y fragilidades del amor, sin pensar que eso lo empobrece o lo arruina. Crecer es entregarse.
Corta los lazos que te atan y que te encierran a un universo personal. Deja de culpar a los demás por tus problemas. Perdona y hazte cargo y sé 100% responsable de tu vida. 
Separarte de las normas de tus padres no supone repudiarlos, basta con tomar decisiones libres, con elegir un camino propio aún a costa de la desaprobación de quienes más queremos. Luchar por lo que realmente eres y sientes es sano y liberador. Superada la tensión de los primeros tiempos, genera muchos beneficios para el vínculo.
Ya es hora de que cortes el cordón umbilical y madures de una vez. Debes dejar de escuchar las  voces de tus padres dentro de tí. Elimina el programa y borra la grabación que insertaron en ti.
Una persona completa ya no depende de la aprobación de sus padres. Seguramente tus padres cometieron millones de errores. Igual fueron demasiado protectores. O tal vez estuvieron ausentes. Pasara lo que pasase, al madurar comprendes que no lo hicieron a propósito. Entiendes que no supieron hacerlo mejor.

No fue maldad, sino ignorancia. Tus padres nunca te hicieron daño emocional. El rencor que sientes no tiene tanto que ver con lo que te ha pasado en la vida, sino con tu forma subjetiva y distorsionada de interpretarlo. Detrás de tus padres se esconden dos seres humanos que en su día fueron niños. Y como tales, arrastran sus propias heridas.


«La familia es un tesoro y una trampa mortal»


A. Jodorowsky

Crecer es aceptar que la familia es lo mejor que tenemos, pero que nuestros padres no son perfectos y que muy probablemente hicieron lo que creían mejor, también marcados por su historia.


Crecer es perdonar, aceptar y seguir adelante. No es fácil. Pero todos los días podemos intentarlo y avanzar paso a paso.
Terminamos con un excelente mensaje de S.S el Papa Francisco que transmite de manera magistral la reflexión de hoy:


"No existe familia perfecta. No tenemos padres perfectos, no somos perfectos, no contraemos matrimonio con una persona perfecta ni tenemos hijos perfectos. Nos quejamos de unos a otros. Las personas nos decepcionamos mutuamente. Por consiguiente, no existe un matrimonio saludable ni familia saludable sin el ejercicio del perdón. Perdonar es vital para nuestra salud emocional y supervivencia espiritual. Sin él,  la familia se convierte en un espacio tóxico de conflictos y de agresiones. Sin el perdón la familia se degrada. El perdón nos procura  la esterilización del alma, limpiar nuestra mente y liberar el corazón. Quien no perdona no tiene paz interior ni comunión con Dios. El dolor es un potente veneno que intoxica y mata. Guardar una herida en el corazón es un gesto de autodestrucción. Quien no perdona enferma física, emocional y espiritualmente. Es por ello que la familia tiene que ser un lugar de vida y de encuentro, nunca de muerte; espacio de sanación y no de enfermedad; etapa de perdón y no de culpa. El perdón trae alegría donde un dolor produjo desolación y tristeza; también curación, donde el dolor causó enfermedad. ( S.S. Papa Francisco)