sábado, 7 de marzo de 2020

Día Internacional De La Mujer



Ser mujer es una aventura interminable, fascinante, siempre nueva. Ser verdaderamente mujer no puede suceder, viviendo un femenino separado de lo masculino; así como ser hombre de verdad, es imposible sin integrar dentro el femenino. La vida es síntesis, lo masculino es la fuerza, lo femenino la belleza.

No se es auténtico sin fuerza, ni se es feliz sin belleza. Nos necesitamos para complementarnos, lo que nos complementa, nos completa. Vinimos a acompañarnos para revelar los unos gracias a los otros, facetas de la luz aún dormidas.  Nos necesitamos y nos tenemos. Vinimos a encontrarnos.  Encontrarnos es un movimiento doble: nos encontramos con nosotros, para valorar a los otros; nos encontramos con los otros, para conocernos.

Un buen masculino es verdadera fuerza. La “falsa fuerza” es dominio, instinto de poseer, acumular, abusar; es dureza, obstinación, frialdad, orgullo; es egocentrismo. La verdadera fuerza se ha canalizado en dirección de lo superior; ha transmutado tendencias egocéntricas, se ha refinado, se ha integrado a la sensibilidad. Es capaz de sacrificarse, re dirige su foco de la conquista de cosas externas a la superación de conflictos adentro.

Cuando la vida nos concede el amor de un verdadero hombre, su respeto, su apoyo, su estabilidad, naturalmente nos ofrendarnos con la incondicionalidad de la flor. Nos abrimos, nos damos, nos convertimos en una fiesta de color y suavidad. Nuestro polen, como pensamientos, caricias, miradas, fertiliza la vida de él y la del entorno, con esa magia maternal que ponemos en todo, en las amigas, los compañeros de trabajo, la casa, los enfermos, los abuelos, los niños… En todo.

Bien acompañadas, florecemos a ese estado de embellecer sin más, ese embellecer que viene del ser, de la delicadeza natural del eterno femenino que espera darse en cada una de nosotras.
Bien acompañadas, no necesitamos estar poniendo fronteras, ni barreras, ni demostrar valía; ni defendernos, ni impedir que se nos domine, que se nos desplace o se nos anule. 

La compañía puede ser concedida fuera, por el regalo de un buen compañero o puede trabajarse dentro por la sabiduría de comprender la vida. Los dos procesos son todo, menos una disyuntiva.  El hombre que acompaña, fortalece si se es consciente; la soledad que templa, fortalece si uno no se duerme.

No podemos ser  mujeres, sin una buena relación con lo masculino entendido como verdadera fuerza. No lo intentemos, por favor no… Sin fuerza nos perdemos la autonomía, la libertad, caemos en ser niñas (débiles, dependientes, sumisas, temerosas) o niñas con afán de dominio (manipuladoras, egocéntricas, calculadoras, caprichosas, cambiantes, irracionales, tiranas) o compensamos y en el temor a ser débiles desarrollamos un mal masculino (dominantes, competitivas, mandonas, rígidas, hiper racionales, tensas, exigidas, irritables).

¿Y si no estamos bien acompañadas? Decíamos que la soledad templa, si uno no se duerme. La soledad puede ser un oasis en el que darnos la oportunidad de construirnos. Los períodos de no tener pareja permiten el silencio necesario de averiguar cómo somos, como somos nosotras. Averiguar cómo hemos sido, que tipo de hombres hemos elegido; como nos hemos dejado influenciar, como les hemos intentado cambiar…  Ese proceso de auto descubrimiento dará lugar a que un buen masculino llegue, o a que ya no sea necesario, porque llegó dentro.

El alma puede nutrirse del buen masculino en la fuerza de la tormenta, la potencia de las olas cuando el viento las suelta…  En un libro, un consejo, una tarea cumplida.  Puede el alma nutrirse del masculino en el hermano, el amigo, el padre, el socio, el maestro, incluso en la fuerza de las amigas, las madres, las hermanas.


Lo masculino es en todos la voluntad del alma,
el liderazgo sobre la propia vida,
la capacidad de sobreponerse a las dificultades,
la valentía de conquistar lo nuevo,
la fuerza de elegir lo verdadero.


Lo femenino es en todos el amor del alma
la capacidad de fundirse sin perderse,
la capacidad de darse sin secarse,
como un manantial siempre nuevo.
La profundidad de arraigarse en el ser
que da belleza al hacer.


La belleza adquiere su esplendor, sólo cuando la fuerza la sustenta.
La fuerza adquiere su esplendor, cuando se entrega a la verdad, que es belleza.